(ADVERTENCIA PREVIA: Este es un post edulcorado, sentimental, paternal y básicamente moña, están a tiempo de no leer pero luego no digan que no les advertí).
Ayer me hicieron el mejor regalo del mundo o, al menos, el más bonito que me han hecho en mis ya casi 37 años de vida. Por supuesto, fue por el Día del Padre y, por supuestísimo, me lo hizo mi pequeña Laura, que a sus tres años y pico se ha tenido que esforzar mucho para hacerme un retrato así de favorecedor, colorido y soleado:

Como se pueden imaginar, casi se me saltan las lágrimas, tengan en cuenta que, además del dibujo, el regalo está compuesto por la expectación y el orgullo con los que te lo dan, el besito, la impaciencia mientras lo abres y los saltos de alegría cuando dices lo mucho que te gusta.
Si se fijan en el dibujo verán que a la derecha de mi rotunda y poco esbelta anatomía hay un amarillísimo y deforme sol, la verdad es que, con Laura en casa, pese a los nubarrones de la vida casi todos los días son soleados.
Por cierto, verán que estoy sonriendo, para los que me conozcan eso les dará una idea de lo mucho que me quiere mi hija: ya es raro pensarme con una sonrisa en la cara… claro, que quizá a ella le sonrío más que a los demás.
¿Será porque se lo merece? Gracias Laura.
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