10 diciembre, 2008

La importancia de la publicidad (y de las empresas) para la libertad

Ayer publicaba (inicio de la ironía) mi muy querido y admirado diario El País (fin de la ironía) un interesantísimo artículo escrito por uno de los personajes más importantes del mundo de la comunicación en España, Maurizio Carlotti, a la sazón consejero delegado de Antena 3 Televisión.

El artículo es de esos que se no que están escritos con cierta mala leche y unas gotas de rencor, un género que creo que se nos da muy bien a los españoles y, por lo que se ve, a los italianos asimilados. Además, como toda buena pieza del género, el firmante tiene más razón que un santo (pero un santo de los de antes, vamos), y dispara sus balas (dialécticas, se entiende) contra un objetivo que se merece eso y más: en este caso, Viviane Reding, Comisaria Europea de la Sociedad de la Información y los Medios de Comunicación, que parece ser que va a "proteger" a los ciudadanos españoles del exceso de publicidad en la televisión.

Protegerles contra su voluntad, como bien señala Carlotti, porque si tan mala malosa es la publicidad los espectadores tendrían muy sencillo cambiar de canal, como bien dice con lacerante ironía el directivo televisivo:

¿Le consta, señora Reding, la universal difusión en España de un artilugio de autoprotección, llamado telemando, que permite al telespectador cambiar de canal en cualquier momento que lo desee? ¿Está informada usted de la circunstancia de que cada día, en cada familia de España, el telemando, objeto de disputa continua entre los familiares, se utiliza centenares de veces, y especialmente cuando molesta lo que emiten las cadenas televisivas?

Y también podrían apagar la tele y gastar su tiempo de una forma mucho más productiva y satisfactoria intelectualmente en internet, apunto yo; pero la realidad es que (además de entrar más en la Red, por supuesto) la gente sigue viendo mucha televisión, una media de tres horas y pico al día.

Lo más interesante del artículo es la parte en la que Carlotti hace una muy seria defensa de la publicidad como uno de los pilares de la tan cacareada libertad; libertad de prensa, pero también de elección para el consumidor:

¿Por qué, señora Reding, considera usted a la publicidad como una amenaza? ¿Sabe o no sabe que la publicidad es la aliada principal de muchas libertades? De la libertad, por ejemplo, del consumidor de elegir, informado, entre productos que compiten entre sí en calidad y conveniencia. O la libertad del ciudadano de informarse eligiendo entre decenas de cadenas privadas de televisión que no le cuestan ni un euro. O la libertad de prensa, ya que permite al lector comprar un periódico pagando solamente la mitad de lo que cuesta, gracias a que la publicidad paga una parte importante de sus gastos.

Pero es obvio que a la señora Reding (y en general a los burócratas europeos) no les preocupan tanto las libertades como la posibilidad de "proteger" a un consumidor que, a lo que se ve, es demasiado tonto como para tomar con criterio una decisión tan compleja como cambiar de canal, menos mal que tenemos burócratas que nos dicen lo que tenemos que ver, comer, fumar y casi fornicar, en caso contrario no sé que sería de nosotros.

Eso sí, lo que no se protege en absoluto en Bruselas es nuestro bolsillo, del brutal robo al contribuyente que son las televisiones públicas la señora Reding no dice nada, ni de como destrozan el mercado a base de doble financiación y dumping, poniendo en peligro a multitud de empresas y miles y miles puestos de trabajo:

Si, como expone en su nota de prensa, la señora Reding considera que un exceso de minutos de publicidad puede interferir gravemente en el mercado publicitario, depreciando las tarifas ¿qué medidas sugiere para frenar el dumping de la televisión pública española, que utiliza la financiación pública para rebajar sus precios hasta en el 40% para competir, con evidente deslealtad, con las empresas privadas?

En el fondo de esto hay dos cosas que anidan en el "firmware" de la mayor parte de la clase política europea con una fuerza que hace prácticamente inviable cualquier intento de extirpación: la voluntad de controlar los medios de comunicación y, sobre todo, aquellos que como la televisión más pueden influir en los votantes; y el desprecio a todos aquellos, empresas e individuos, que pretenden (y en ocasiones incluso logran) ganar dinero con su trabajo y mantener actividades productivas.

Producir, sí, y no como los miles de funcionarios europeos que viven sobre nuestras sufridas espaldas de contribuyentes.

Por cierto y como cierre, lástima que Carlotti no se defienda con ese acierto y esa gallardía cuando las tropelías se las hacen (nos las hacen) en Madrid (o Barcelona) y no en Bruselas.