12 enero, 2009

El horror de la publicidad radiofónica ("reloaded" a petición popular)

Este artículo apareció publicado en la estapa de este blog en Periodista Digital, que ya no está disponible para su lectura en la red. Lo traigo a estas páginas a petición de una amabilísima lectora que lo necesita para utilizarlo en algún ignoto (y sorprendente para mí) proyecto académico, por lo que me escribió un delicioso correo electrónico pidiendo una nueva url a la que enlazar este texto del que recordaba hasta el título.

Como uno se debe a sus lectores (y más cuando no se tienen muchos) no he podido sino acceder tan pronto como me ha sido posible a los deseos de esta fiel seguidora. Aquellos que se molesten por las repeticiones les pido mil disculpas, pero pueden solucionar su problema dejando de leer aquí.

Uno, que se gana modestamente las habichuelas con esto del periodismo y afines, no puede estar más que a favor de la publicidad, que es lo que a todos nos acaba dando de comer. Si además se tienen ideas de esas locas como que el estado no debe pagar o subvencionar medios periodísticos, televisiones y similares no nos queda más remedio que vivir lo más honradamente que podamos de los anuncios.

Esto vale para todo aquello que sea un medio de comunicación, ya sea en internet, en papel, en la televisión o en la radio así que, nos guste más o menos, si queremos cierta libertad de prensa y similares lujos de ese estilo no nos queda otra que soportar los anuncios o cambiar de cadena o emisora.

Claro que hay casos y casos: a mí me gustan los anuncios en la televisión, muchas veces más que los programas lo cual, dicho sea de paso, no es excesivo mérito; en periódicos, revistas y similares las páginas de publicidad no me molestan, igual que los banners y demás puñetitas de internet, supongo que por costumbre o por deformación profesional.

Pero luego está, ay, el caso aparte que es la radio. Yo no sabría explicarles la razón, pero la publicidad de los programas radiofónicos está a años luz de sus congéneres en otros medios: mientras las marcas deportivas, por poner un ejemplo, hacen auténticas películas de a minuto e incluso parece que no quieran vendernos nada, en la radio no hemos conseguido pasar de algunos artificios que no podemos denominar sino como verdaderas cutradas.

Hay dos tipos de anuncio de radio que me sacan de mis casillas (especialmente después de oírlos una y otra vez, un día tras otro, semana tras semana durante toda la temporada): al primero lo vamos a llamar "el encuentro casual" y consiste en una narración de lo más natural de la conversación de dos amigos, lo malo es que las conversaciones son poco creíbles: normalmente uno no se da de boca con su antiguo compañero de clase, le cuenta un problema y este le da la solución con teléfono y todo, por ejemplo:

- Hombre Luís, cuanto tiempo sin vernos, ¿qué tal te va?

- Pues qué quieres que te diga, agobiado.

- ¿Problemas de familia?

- Que va, es que necesito alquilar un elefante africano un par de días y no sé que hacer.

- Hombre, eso es muy fácil, llamas a elefantesacasa y te lo traen en 24 horas.

- ¿Elefantesacasa?

- Si hombre, toma nota es el nueveunotrescerodossiete…


Así, cómo si lo más normal del mundo fuese que el payo se sepa de memoria justo el teléfono que le soluciona el problema al otro; claro, tan normal como que uno se encuentre con un amigo que hace tiempo que no ve y le cuente su problema laboral, el estado de sus hemorroides o el momento por el que pasan sus relaciones con el señor Roca.

El otro tipo de anuncio que me fascina es la entrevista al experto, una especie de docudramas en los que un amable simulacro de periodista interroga al director de una compañía de productos para mejorar el tránsito intestinal (por ejemplo) que, con voz firme y verbo florido, nos informa de lo natural y práctico que es su "regulador" (término con matices mucho menos negativos que "laxante", claro) y hasta de lo fantástico que es su sabor:

- Señor Carrasporta, qué puede decirnos de su producto.

- Pues que es natural, regula sus visitas al inodoro y además tiene un sabor que ni el Cardhu de doce años oiga.

Obviamente la cosa es más larga y quiere ser más seria, pero alguien tendría que decirles a los avispados "creativos" que se lo trabajen un poco más, a ver si se esfuerzan que estoy más que harto de crecepelos y sobrecitos que al mismo tiempo que te adelgazan te hacen defecar como un reloj de cuco. Y si no saben ser modernos por lo menos que sean antiguos y hagan anuncios de aquellos cantados, tan elegantes.

Verbigracia: "Yo soy aquel negritoooo..."

3 comentarios:

Anónimo dijo...

MOLTAS GRACCIAS!

Hilarion dijo...

Yo que he oído y oigo mucha radio no puedo sino suscribir lo dicho en el artículo. Haré una excepción con la admiración que el blogger manifiesta por la publicidad, pues a mí me revienta. La tolero porque reconozco que de algo tienen que vivir los medios, especialmente la radio, pero creo que todo requiere un equilibrio y en la radio actual cerca de un 30% del tiempo de emisión se dedica a publicidad, lo que me parece una auténtica demasía.

Sobre la calidad de los anuncios, coincido con el blogger: son deleznables y las variantes que apunta son las peores. Aun me acuerdo de la infiel novia de Carlos, contándole a su mejor amigo, el de Carlos, los "problemas" de este en el baño. Y lo de los "expertos" es de juzgado de guardia, sobre todo porque la mayoría de ellos publicitan remedios maravillosos relacionados con la salud y ahí las emisoras debían de tener un mínimo de ética para no pasar semejantes cosas porque mucha gente "pica" porque si su emisora de toda la vida lo anuncia será porque es verdad. Aun me acuerdo del "agua imantada" que curaba todos los dolores hasta que el M. de Sanidad prohibió anunciar semejante estafa.

En fin, que yo también me quedo con el negrito del Colacao, o con loas desaparecidos Almacenes Ruiz, con la Casa de los Pnatalones o con las Gabardinas Butragueño. Seguro que a mucho ni les suenan...

José M. Guardia dijo...

A mí últimamente me está sacando de mis casillas el de "donde van las pulgas cuando mueren", de una marca de coches "para que aparquen la crisis les hemos ofrecido un chiste", dicen a continuación. Un chiste que no tiene gracia ni siquiera la primera vez, pero ni te cuento después de haberlo oido varias.

Juro que jamás me compraré un coche de esa marca.