16 febrero, 2009

Garzonadas

El periódico El Mundo calificaba, en un editorial de hace unos meses, el auto de Garzón sobre las fosas de la Guerra Civil como una "truculenta garzonada". El magistrado, se sintió muy dolido y pidió a sus compañeros en la Audiencia Nacional que reclamasen el amparo del CGPJ. No sé si sería por el adjetivo "truculenta", que me parece muy adecuado dado que el tema iba de cadáveres casi tan antiguos como los del cementerio de Poltergeits; o por lo de "garzonada", neologismo que debería entrar en el Diccionario de la RAE pero sin ni tan siquiera esperar a la siguiente edición.

Y para garzonada la nueva, en la que cada paso del proceso es peor que el anterior: empezó por adelantar a una campaña electoral lo que tenía preparado para otra campaña electoral; luego llegó el escandalazo de la cacería y de los múltiples encuentros privadísimos entre el juez y el ministro que ésta propició (¿o fueron los encuentros los que propiciaron "el hecho cinegético"?); y el viernes el no menos escandaloso auto en el que rechazaba la personación del PP y aprovechaba para enchufar el ventilador sobre todo el Partido Popular sin dar a éste la posibilidad de defenderse ni políticamente ni jurídicamente.

Ya sin las reuniones con Bermejo la actuación de Garzón es una vergüenza: está, como suele ser habitual en él, retorciendo a su servicio y antojo el derecho para meter en la cárcel el viernes a las personas que soltará el martes; o aprovechando el siguiente viernes para decir que es posible que haya alguien culpable de algo (no sabemos quién ni qué) pero que, en cualquier caso, ese alguien es del PP.

Por lo que se va sabiendo es posible que algún cargo popular esté implicado en unos hechos delictuosos, si ese es el caso espero que acabe en la cárcel, pero la actuación de Garzón, lo que parece una manifiesta parcialidad y que aparentemente se diría que es un ánimo muy claro de perjudicar al PP, no hacen eso más probable sino menos: una de las características del sistema de garantías propio de una democracia es que los errores legales durante una instrucción judicial o un juicio pueden dejar libre a alguien de quién se sepa a ciencia cierta que es culpable.

En cualquier caso, lo que está claro es que este juez ha demostrado ya por activa y por pasiva que no es el más adecuado para instruir el caso. Esperemos que, por una vez, le paren los pies, que todo esto pueda por fin aclararse y que todos los que hayan cometido delitos, togados o sin toga, reciban el castigo que merecen.

Ahora sólo falta ver que nos depara esta semana y qué se guarda para la próxima, que todavía está más cerca de las citas con las urnas.