14 abril, 2009

Unos payasos nada chanantes

Siempre he sentido que hay algo siniestro en los payasos, la intuición no razonada de que un tipo que pintarrajea su cara y se pone una nariz roja de goma no puede ser trigo limpio, una desconfianza de la risa permanente y obligada, una sensación e incomprensible pero inevitable mal rollo.

No debo ser el único, el payaso siniestro es un personaje habitual de la modernidad, si me permiten la gafapastada, desde el Krusty de los Simpsons hasta el bichejo terrorífico del It de Stephen King, pasando por el genial Payaso Chanante de los chicos de Muchachada Nui en su primera encarnación.

Era el Payaso un personaje rastrero, miserable y vil, suma de todos los vicios (“problemas con la bebida, problemas con el juego, problemas con el alcohol y las armas de fuego”) y dispuesto a aprovecharse de tu madre (que se parece misteriosamente a Pepu Hernández) para sacarle todo el dinero y el duplex-nido en la calle del Pepino:



Aquel payaso, que hizo las delicias de niños y mayores (bueno, en realidad sólo de mayores), era una ficción de la ficción, es decir, un personaje inventado del personaje inventado que es en sí mismo el bufón circense. Una vez más, la realidad ha superado a la fantasía y hoy hemos conocido a unos payasos muchísimo más viles, retorcidos y despreciables que el Chanante, y eso que no viven con nuestra madre.

Sí, como muchos habrán adivinado me estoy refiriendo a Pirritx y Porrotx, esa parejita de alegres euskaldunes de pro que están tristes porque sus “amiguitos” están lejos de sus mamás y sus papás y a veces, cuando éstos van a verlos, tienen un accidente.

¿Y por qué están lejos los “amiguitos” de Pirritx y Porrotx? Pues por la dispersión malísima de los malísimos españoles, por supuesto, no porque hayan puesto bombas en casas cuartel que mataron a niños como los que van a ver a esta pareja de simpáticos circobertzales, ni porque le pegasen un tiro en la nuca al papá de otros niños o les dejasen huérfanos de padre y madre, en algunas ocasiones a unos metros de casa o directamente en su presencia.

Esta ha sido la última ocurrencia de los patriotas vascos que, tan solidarios ellos, se preocupan mucho de los “amiguitos” presos y sus pobres familias, mucho más desgraciadas que las de sus víctimas porque, al fin y al cabo, a un muerto no hace falta ir a verlo, con lo cansado que es eso.

Y digo que me parecen viles, retorcidos y despreciables no porque defiendan con argumentos de mierda algo que es difícilmente defendible, sino porque lo hacen frente a un público, su público natural, los niños, que no tienen ningún tipo de defensa intelectual y, además, lo hacen protegidos por la máscara, la teatralización y la presunta simpatía del personaje circense, incapaz en el imaginario infantil de la maldad o la mentira.

Hay pocas cosas tan repugnantes como meter a los niños en política, sin duda una de ellas es inculcarles el odio visceral e irracional que algunos, en el País Vasco o Palestina por poner dos ejemplos, creen que son ideas. Y, además, que quieren que les diga, disfrazarse de payaso para hacerlo me parece el colmo de la abyección.

Pues nada Pirritx y Porrotx, que espero que mientras vosotros hacéis el payaso (en el peor sentido del término) vuestros “amiguitos” se pudran en la cárcel, la lástima es que no tengamos un penal de Cayena al que enviarles y que no os podamos meter a vosotros en él, a amenizar las tardes de una selección de los peores presos comunes de España, a ver que dicen ellos cuando les contéis lo de vuestros "amiguitos".