20 abril, 2009

Pues para eso igual es mejor no ir, ¿no?

Cuando a uno lo invitan a una conferencia suelen contarle el tema sobre el que se va a tratar y los ponentes que van a participar. A partir de esa información y teniendo en cuenta también quién organiza el sarao, es posible hacerse una idea bastante aproximada de por dónde van a ir los tiros y de si la cosa va a ser de mucho interés, más bien un truño o, en algunos casos, incluso un escándalo en el que conviene no verse implicado.

Pongamos por ejemplo: si a mí me invitasen a una conferencia sobre el racismo, el ponente más destacado fuese un reconocido racista y el evento estuviese organizado por un club que admitiese entre sus miembros a personajes responsables de una variedad de crímenes (algo así como la ONU), lo más lógico sería excusarme y decir que precisamente ese día tengo un asunto ineludible en, pongamos, Tombuctú.

Las democracias de la UE tienen un criterio algo menos selectivo a la hora de irse de saraos, probablemente porque cada reunión para arreglar esto o aquello o hacer un pacto sobre lo de más allá genera unas hermosas dietas, unos días en algún hotel de unas cuantas estrellas y comiendo en restaurantes de varios tenedores y además, al final, con algo hay que llenar la vida del funcionario de exteriores, habitualmente tan carente de emociones.

Pero claro, el problema con eso es que al final los rebuznos del ponente te pongan en el compromiso de tener que abandonar la sala so pena de crear un incidente diplomático de primera.

Valoro positivamente que, al menos, algunos representantes de países democráticos se levantasen de sus asientos ante la colección de burradas del antisemita que gobierna (más o menos) en Irán, aunque para eso quizá habría sido más inteligente no darle cobertura a un evento que, tal y como era previsible, ha acabado como el rosario de la aurora. Pero ese debe ser cosa de países de muy poco talante y escaso espíritu de diálogo.

Y yo me pregunto, ¿qué esperaban que hiciese Ahmadineyad? ¿Quizá pensaban que iba a cantar el Ebony and Ivory de Wonder y McCartney (por cierto, una canción tan melosa y cursi que cada vez que la oigo me entran ganas de entrar en el KKK) en plan dueto con, pongamos, Tzipi Livni?

Por lo menos hemos visto un ejemplo más de lo útil que es la ONU, de los rectos preceptos éticos que la guían y, en definitiva, de lo bien gastado que está todo ese dinero que los sufridos contribuyentes de medio mundo pagamos para que individuos como Ahmadineyad tengan un foro en el que transmitir su mensaje de racismo y odio.