El mundo literario, como el periodístico y algo menos que el musical, está lleno de personajes posando, de actitudes vitales con las que se quiere aparentar algo, o exagerar algo, posicionarse de determinado modo o construir un personaje que te venga bien a la hora de promocionar tus libros, tus discos o a ti mismo.
Cuando se es un genio como el añorado Paco Umbral esa pose puede ser divertida y, desde luego, resulta rentable para vender; cuando no se es tan genial, mantener una pose sin mucha lógica te hace parecer no demasiado inteligente o, al menos, meter alguna pata que otra.
Y eso es, creo yo, lo que le ha pasado en su artículo de este lunes a Juan Manuel de Prada, que habla del libro electrónico y hace pensar que no tiene mucha idea.
De Prada cultiva la pose del hombre contracorriente, una especie de “outsider” de la sociedad un poco enfurruñado con todo y con todos, que va muy a su aire en parte porque quiere y en parte porque le tratan mal por ser como es (en este caso católico y blablabla).
Personalmente, siempre me ha parecido que si uno pretende ir tan a su aire no se presenta a todos los concursos literarios habidos y por haber y, sobre todo, en un país como el nuestro en el que tan necesarios son los padrinos, no los gana (joder, que hasta a su primer relato “escrito a los 16 años” le dieron un premio, tal y como nos confiesa en su página web).
Otra actitud / pose, muy propia de Prada es que desdeña con mayor o menor contundencia el progreso, con un fervor por lo antiguo y lo viejo que se supone que es muestra de sabiduría en este mundo de incultura y posmodernidad en el que vivimos.
En esta línea podríamos encuadrar su artículo sobre el libro electrónico, en el que De Prada trata de demostrarnos que lo más cool es no ser cool; pero, sobre todo, en el que enseña la patita de su superioridad intelectual y moral sobre los que no tienen los mismos gustos que él.
Así, el hombre empieza por contarnos que llevan 15 años "dando la tabarra con el libro electrónico" (debe ser que iban a ofrecérselo a casa como los Testigos de Jehová o que le llamaban a horas raras, como algunas compañías de telefonía) y advirtiéndonos de que "los mercaderes", término despectivo que se supone que no se refiere a las empresas que venden sus libros (vender, ¡qué ordinariez!), preparan "una ofensiva en toda regla".
Pero a él no le pillarán, quía, porque el único argumento de los libros electrónicos es que ahorran espacio (¿?) y a él precisamente le gustan los libros porque ocupan espacio (sí yo también he imaginado una pared llena de guías telefónicas). Ya sé que este no es un argumento demasiado convincente y que los libros de papel tienen mejores razones para ser apreciados, pero cada uno elige la suya y la defiende como puede, en este caso con unas dosis de cursilería almibarada que les ahorro en su integridad, no sea que alguno de ustedes tenga una subida de azúcar.
No obstante, no puedo resistirme a dejarles unos de ejemplos para mejor comprensión de lo que les cuento (diabéticos abstenerse):
"(…) cuando llega el invierno, cuando la vida nos araña de secretas melancolías, la permanencia sigilosa de los libros nos vincula con el pasado y garantiza nuestro porvenir.
Como aquella voz que desafió la muerte de Lázaro -«Levántate y anda»-, los libros que amueblan nuestras bibliotecas, al conjuro de una mirada curiosa que vuelve a posarse sobre ellos, contagian con unas décimas de bendita fiebre continentes de vida que yacían, cadavéricos y exangües, en los devanes del olvido.
(…) basta que aspiremos el aroma exhausto de sus páginas, basta que acariciemos su portada, para que vuelva sobre nosotros, con un sabor de ola repetida y sin embargo fresca, la sal que sazonó nuestra juventud (…)"
Yo no se ustedes, pero yo he quedado transido de emoción bibliófila.
Me gustan los libros, pero me sorprende que alguien que se pretende culto pueda valorarlos más por sus rasgos externos que por su contenido. Leí el Quijote en una fantástica edición de Martín de Riquer que tengo por casa, pero imagino que el placer de la lectura y la experiencia habrían sido los mismos (o muy similares) si se hubiese tratado de una de las deplorables ediciones de Bruguera que se vendían por 100 pesetas en la Cuesta de Moyano… o de una versión electrónica en mi moderno y "sigloveintiuno” Sony Reader, porque en uno u otro formato allí habrían estado Alonso Quijano, Sancho, Cide Hamete, la ínsula Barataria y los gigantes - molinos.
En cualquier caso, De Prada está en su derecho de no querer “el artilugio electrónico”, pero que nos venga con milongas sobre lo que “nos pretenden imponer” (supongo que una conjura de los malvados mercaderes) y que no minusvalore al resto de la humanidad, porque si al final el libro electrónico se impone o si logra una cuota importante de mercado no será por un oscuro plan de no se sabe quién, sino porque los consumidores, que tienen más capacidad de raciocinio de lo que el escritor supone, lo encontrarán útil, cómodo, barato o molón, argumentos todos tan válidos como los de De Prada y, eso sí, bastante menos cursis.
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